Por W. Quezada

 

Si uno habla de causalidad en su propio derecho, qué duda cabe que las dos disciplinas que vienen a la mente de una persona medianamente educada es la filosofía y la, así llamada, ciencia natural. Sin embargo, es sorprendente que tanto en la primera como en la segunda las conceptualizaciones pueden ser muy diversas y a veces divergentes.

 

En el caso de la ciencia natural es evidente que ello dependerá de la disciplina científica que, cayendo bajo ese rótulo, se elija. Por ejemplo, la forma de examinar y conceptualizar el vínculo causal en física puede ser muy distinta (si uno no toma una posición abiertamente fisicalista) de aquella en que se lo haga en biología, química, geología, o incluso en disciplinas de alcance práctico como la medicina o la ingeniería. Y, como es sabido, en la misma física, como está constituida contemporáneamente, podemos encontrarnos con sorpresas en sus propios desarrollos internos, siendo el caso más dramatizado por los divulgadores científicos el de la relatividad especial y el de la física cuántica.

 

En el caso de la filosofía, encontramos algo semejante entre sus propias subdisciplinas. Ha sido algo tradicionalmente aceptado que la causalidad es una noción que pertenece a la metafísica, sin embargo ella emerge en casi toda disciplina filosófica. Encontramos exámenes y conceptualizaciones de la causalidad en epistemología, ética, filosofía  de las ciencias, filosofía del lenguaje, filosofía de la mente, teoría de la acción, filosofía del derecho, entre otras. Esto último sugiere que la relación causal se comporta transversalmente en filosofía y que ella está presente en la discusión de muy diversos tópicos, desde leyes naturales, tiempo, universales, géneros naturales o determinismo, hasta llegar a temas como libre albedrío, identidad personal, o consecuencialismo.

 

Se piensa normalmente que este interés transversal en el vínculo causal en filosofía surgió con filósofos formidables como Platón y Aristóteles. En particular, en el caso de este último el antecedente inevitable es su bien conocida teoría de las cuatro causas y su vinculación con su concepción de las leyes y su teoría de la demostración. Sin embargo, como el mismo desarrollo de la historia de la filosofía ha mostrado, la concepción causal aristotélica sólo puede ser vista como una fase preliminar a una concepción filosófica genéricamente madura de la causalidad. Lo mismo puede decirse de las reflexiones medievales sobre dicha relación.

 

Sólo con el advenimiento de la ciencia moderna se registra entre los filósofos un impulso profundo por reflexionar detalladamente sobre el vínculo causal. Esto genera una maduración inevitable en la reflexión filosófica sobre dicha relación al enfrentar al menos cuatro cuestiones fundamentales:

  1. Qué es o cómo se define la causación (la cuestión lógica).
  2. Qué ítem es relacionado con qué ítem mediante la causación (la cuestión ontológica de los relata causales).
  3. Cuál es la relación que guarda la causación con el resto de nuestro conocimiento (la cuestión epistemológica).
  4. Cómo, si es que es posible, arribamos a las leyes causales a partir de la causación (la cuestión metodológica).

 

Respuestas a estas cuatro cuestiones tendrán un impacto inmediato sobre otras cuestiones directamente emparentadas, por ejemplo, el determinismo causal, el realismo físico, etc.

 

A dicha clarificación fundamental de las mencionadas cuestiones contribuyeron de una u otra manera todos los filósofos y científicos modernos fundamentales, entre ellos, Galileo, Newton, Boyle, Descartes, Leibniz, Malebranche, Hobbes, Gassendi y Kant. Pero sin lugar a dudas el impacto –tanto negativo, como positivo- más profundo sobre las preconcepciones causales recibidas fue aquel que resultó del penetrante análisis de la causalidad realizado por el filósofo escocés David Hume. El atrevimiento de dicho análisis hizo más por hacer madurar la filosofía de la causalidad que mucha de la discusión previa.

 

Una convicción central que animaba el análisis filosóficamente fundamental de la causalidad realizado por Hume era que tal análisis, para ser correcto, debía ser formulado sobre la base de supuestos estrictamente empíricos, esto es, estrictamente no metafísicos. Por otro lado, si bien el análisis de  Hume rebaja, como se sabe, el status de la causalidad a simple regularidad, la filosofía y la psicología que respaldaban dicha concepción no suponía sin embargo que la causalidad debía ser considerada necesariamente como un facilismo idiomático que finalmente se disolvería en otras nociones, relaciones o funciones pertenecientes al lenguaje científico. Para decirlo con otras palabras, el reductivismo causal de Hume era filosófico, no cientificista. La misma convicción animó también a algunos de los filósofos que asumieron posteriormente el causalismo de Hume. Sin embargo, después de constatar el fracaso de los sueños inductivistas de Mill, una actitud reductivista cientificista hacia la causalidad pareció imponerse.

 

Así, a comienzos del siglo XX, Russell advirtió primero que “la razón de que la física haya dejado de buscar las causas consiste, en realidad, en que no existen tales causas”, sentenciando luego “que la ley de la causalidad como mucho de lo que vale para los filósofos es una reliquia de edades caducas y que, al igual que la monarquía, sobrevive porque erróneamente se supone que no perjudica”. La actitud antimetafísica de Russell hacia la causalidad retratada en estas famosas palabras representa una opción metodológica que muchos filósofos y epistemólogos han defendido explícitamente durante el siglo XX: es la actitud que recomienda que cualquier concepción de nociones metafísicamente densas (como verdad, realidad, tiempo o conciencia) debe ser reducida acríticamente a lo que los científicos y su discurso nos pueden decir acerca de ellas.

 

En oposición a esta tendencia, presenciamos hacia fines del siglo pasado un interesante revival de defensas de base claramente metafísica de la causalidad. Este despertar metafísico debe gran parte de su empuje al trabajo fundamental de David Lewis y a la escuela australiana de metafísica analítica con la que Lewis estuvo estrechamente asociado. Así, ambas tendencias en filosofía de la causalidad, la cientificista o reduccionista y la metafísica, han generado una avalancha de nuevos trabajos, conceptualizaciones y teorías. Y tal vez lo más importante para cualquier filósofo o epistemólogo interesado por la causalidad, una pléyade de nuevos y apasionantes problemas, por ejemplo, acerca de relatas causales, leyes, explicaciones, emergentismo, generalismo y probabilidad, entre otros.